José Ramón LÓPEZ RODRÍGUEZ, "El largo camino de una colección, la lenta gestación de un museo", en:

AA.VV. (1995) .-Itálica en el Museo Arqueológico de Sevilla, Sevilla, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Fundación El Monte, pp.11-25

 

 

Un museo es un proyecto a muy largo plazo y en consecuencia, de desarrollo muy lento. A veces la gestación de un museo, entendida como la evolución de las colecciones que constituirán su núcleo futuro, se remonta muy atrás en el tiempo, con una trayectoria que es más compleja y larga que su desarrollo posterior.

El caso del Museo Arqueológico de Sevilla que ahora nos ocupa es particularmente significativo al respecto, pues en cierta forma es heredero no solamente ya de piezas que formaron con anterioridad parte de otros museos, sino de una larga tradición museográfica, precisamente en una ciudad como Sevilla que fue pionera, en cuanto a la Península se refiere, en conocer este tipo de colecciones.

En efecto, hemos de remontarnos al siglo XVI para ver aparecer en estas tierras un coleccionismo arqueológico, coincidiendo con uno de los momentos más brillantes para la ciudad, a lo que no es ajeno la prosperidad que supuso el ser puerto y puerta de las recién descubiertas Indias. Esta prosperidad va a permitir que el renacimiento sevillano tanto en letras como en artes, aunque tardío, sea muy vivo y floreciente. Comienzan a reunirse lápidas y esculturas romanas que son testimonios parlantes de una antigüedad con la que se sentía más identificada una ciudad que se apresuraba a incorporarse al mundo moderno saliendo de su pasado medieval musulmán. Nada mejor para ello que entrar directamente en la mitología y así es como se llegará a la reclamación de la estirpe de Hércules, "fundador" de Sevilla, al que se dedica la nueva Alameda que lleva su nombre y cuya iconografía será plasmada en la decoración plateresca del Ayuntamiento. "HÉRCULES ME EDIFICÓ, CESAR ME CERCÓ DE MUROS Y TORRES ALTAS..." rezaba una inscripción en la Puerta de Jerez, cuya copia dieciochesca puede aún verse hoy día sobre un edificio del lugar.

 

En la segunda mitad de este siglo XVI encontramos ya constituidos auténticos museos -llamados así en los documentos contemporáneos- en los cuales no falta entre otras cosas (junto a la biblioteca y curiosidades del mundo natural), un nutrido monetario y un buen lote de inscripciones epigráficas. Los han formado por un lado caballeros de elevada posición en la ciudad, tales como Argote de Molina (1), cuyo museo mereció la visita del rey Felipe II, o Per Afán de Ribera, que siendo virrey de Nápoles reunió una colección de estatuaria antigua que envió finalmente a su palacio en Sevilla (2).

 (1) PACHECO, Francisco (1985) .-Libro de Descripción de Verdaderos Retratos de Ilustres y Memorables Varones, [Sevilla, 1599]. Edición e introducción de Pedro M. Piñero Ramírez y Rogelio Reyes Cano, Sevilla, Diputación Provincial. pp. 273-274.

(2) LLEÓ CAÑAL, Vicente (1987) .-"El Jardín Arqueológico del primer duque de Alcalá", Fragmentos, 11, pp. 21-32.

Pero los museos sevillanos del XVI también estuvieron fundados por otros personajes. Eran hombres de latín y teología, esta nueva especie de intelectual de la época, humanistas fascinados con la antigüedad clásica. Seguramente por causa de la rareza de restos romanos monumentales en toda Andalucía (salvo la visibles ruinas de la cercana Itálica), a la par que una relativa abundancia de restos epigráficos, surge ya en el siglo XVI una corriente muy particular de coleccionismo, la que busca fuentes para la Historia, cuyo origen arranca de los estudios arqueológicos del cordobés Ambrosio de Morales (3), en torno al cual girará todo un mundo de erudición, de "amantes de la sacrosanta antigüedad", que serán coleccionistas de lápidas y monedas, sobre las que aplicarán su cuantiosa laboriosidad para conocer no solo la topografía antigua sino también usos y costumbres y en general todo lo que pudiera aportar información sobre aquel pasado glorioso que la tierra guardaba bajo sus pies y del que se sentían plenamente herederos.

 (3) BELTRÁN FORTES, José (1993) .-"Entre la erudición y el coleccionismo: anticuarios andaluces de los siglos XVI al XVIII", en: La antigüedad como argumento. Historiografía de arqueología e historia antigua en Andalucía, Sevilla, pp. 114-116.

  La línea que ellos iniciaron atravesará todo el siglo XVII y Rodrigo Caro (4), a caballo entre los siglos XVI y XVII es en Sevilla el ejemplo perfecto de esta corriente. Inevitablemente unido en la memoria al famoso poema A las ruinas de Itálica, por el "pathos" que sus versos destilan sobre el paso del tiempo que aún hoy sigue provocando resonancias, su obra histórica, sólida y bien trazada a pesar de algunos errores que ineludiblemente contiene, es todavía una fuente de información muy valiosa. Con él por tanto la ciudad romana de Itálica entra en la historiografía adornada de un aura que ya no perderá nunca.

 (4) GARCÍA BELLIDO, Antonio (1951) .-"Rodrigo Caro. Semblanza de un arqueólogo renacentista", Archivo Español de Arqueología, XXIV, pp. 1-22.

  Poco después de morir Rodrigo Caro, a mitad del siglo XVII, se comienza a formar en Estepa otra colección arqueológica que andando el tiempo terminará en parte, ahora sí, en el actual Museo Arqueológico de Sevilla. Juan de Córdoba Centurión, hijo ilegítimo del marqués de Estepa, se trazó el plan de reunir una colección con todos los restos escultóricos y epigráficos que se hallaban en sus territorios. Para ello se hizo construir en Lora de Estepa un palacio, cuya fachada miraba a la plaza y que tenía unos hermosos jardines traseros (5).

 (5) BARCO, Fr. Alejandro del (1994) .-La antigua Ostipo y actual Estepa, Estepa. Edición, introducción y notas de Alejandro Recio Veganzones, pp. 215-255.

  Aunque en el programa inicial estaba previsto que la colección fuese en una sala baja del palacio con rejas a la calle (desde donde podría ser vista) (6), finalmente se optó por una fórmula más privada, la del "jardín arqueológico", al menos para las esculturas (7), que fueron colocadas en los nichos de unas loggias que unían la casa con los jardines. La figura de Juan de Córdoba se nos presenta como el paradigma del coleccionismo culto de estos siglos, un hito más en el camino que está recorriendo la museografía andaluza y, aunque sólo una mínima parte de lo reunido por él procedía de Itálica, de oportuna mención aquí ya que a final del siglo XVIII la colección de Lora fue llevada a los Alcázares de Sevilla para integrarse en otra mayor, la que estaba formando D. Francisco de Bruna, que sería a la larga de importancia capital a la hora de constituirse el "Museo de Antigüedades" sevillano, germen del arqueológico actual. Pero no adelantemos acontecimientos.

Nos encontramos ya en pleno período ilustrado, en el último tercio del siglo XVIII. Los hombres de letras se reúnen en Academias y Sociedades donde se habla y se proyecta, se discute de agricultura, historia, economía, instituciones..., siempre con las miras puestas en un alto objetivo: la reforma del país por medio de la razón; su racionalización en definitiva. De entre los hombres de este final de siglo destaca con especial brillo el mencionado D. Francisco de Bruna (1719-1807), por las largas secuelas que su persona y colección dejaron, tanto en el campo de las Humanidades como en el propiamente museístico. Nació en Granada, lugar en el que su padre, Don Andrés de Bruna, desempeñó el cargo de Oidor. Siguiendo su pasos, Francisco estudió derecho en Sevilla, ciudad a la que estuvo siempre vinculado.

 (6) Así consta en el documento presentado por este personaje ante el Cabildo de Estepa en el que solicitaba retirar la estatua de Hercules que se hallaba en esa ciudad. AGUILAR Y CANO, Antonio (1886-1888) .-Memorial Ostipense, Estepa, vol. I, p. 53.

(7) Así se dice en la escueta (aunque llena de retruécanos) mención que de la colección hace el P. San Román: «Con la destreza de su genio puso por orden en quarto aparte las vasas, losas y epitafios, con rotulo de adonde fueron traidas. En otro descuvierto pasadizo colocó cinco bien entalladas figuras, con esta graduación: las tres primeras dice su mote de Estepa, la quarta de Italica, y lleva el numero quinto una de Lora, ec.». SAN ROMÁN MUÑOZ, Juan de (1716) .-Discursos sobre la republica i ciudad antiquissima de Ostipo, i su fundacion segunda: con un sylabario de las antiguas familias della y en particular, la mui celebre y generosa del apellido noble de Muñoz, ms. folio 52 vtº.

  Muy joven aún, ocupa en 1746 el puesto de Oidor en Sevilla, llegando a ser posteriormente Oidor Decano en su Real Audiencia. Tiempo después, en 1765, y a propuesta del duque de Alba, será nombrado teniente Alcalde de los Alcázares de Sevilla, lugar que no abandonará ya hasta su muerte (8). A partir de este nombramiento la figura de Bruna comienza a consolidarse y a perfilarse nítidamente, de forma que ahora ya es imposible separar personaje y lugar pues desde aquí ejercerá toda su actividad en el campo que nos ocupa.

(8) Ver la biografía de este personaje con abundante información acerca de sus actividades en: ROMERO MURUBE, Joaquín (1965) .-Francisco de Bruna y Ahumada, Sevilla.

  En efecto, Bruna concibe la idea de crear en el Alcázar una Colección de Inscripciones y Antigüedades de la Bética (9), la cual será de carácter público pues cuenta con la aprobación real a través de Floridablanca y es de hecho financiada con fondos del Estado. La gran actividad desarrollada por Bruna en torno al proyecto queda patente por doquier. Releyendo textos de la época detectamos su presencia allá donde se encuentre algún resto de antigüedad que pueda formar parte de su colección: Mulva, La Luisiana, Cantillana, La Carolina, La Carlota o El Arahal, además de la ya mencionada Estepa y, muy especialmente, de Itálica.

 (9) D. Antonio Ponz, que lo tenía en gran aprecio, dice de él: «Don Francisco de Bruna, decano de la Real Audiencia de esta ciudad y teniente de alcalde de los Reales Alcázares, ha sido y es muy celoso de estos monumentos de la antigüedad y de las artes, de los cuales tiene recogidos muchos en su casa, encontrándose buen número de bustos antiguos, pedestales y lápidas con inscripciones romanas, algunas árabes y buena porción de medallas de todas clases, camafeos y otras piedras grabadas, librería apreciable, con gabinete de Historia natural, competente colección de pinturas y dibujos originales de los más célebres profesores que han florecido en Sevilla». PONZ, Antonio (1988) .-Viaje de España, Madrid, Aguilar, tomo IX, carta IX, § 10.

 La ciudad romana de Itálica, nunca olvidada de los eruditos, se encontraba muy cerca de Sevilla, y el eco de los logros en Estabia, Pompeya y Herculano que se están excavando por estas fechas en la vecina Italia (10), haría de esta ciudad romana una tentación casi inevitable para acudir a ella en busca de piezas monumentales. De Itálica procederán las mejores esculturas de lo reunido en Sevilla. Bruna inicia en este yacimiento las primeras excavaciones sistemáticas en el año de 1781 (11). Fue en aquel año cuando apareció el espléndido torso de Diana que guarda ahora el museo, junto a un torso de joven desnudo y dos pedestales monumentales. En toda la década de los ochenta irán apareciendo en Santiponce, entre otros materiales romanos, diferentes esculturas siempre de calidad, como -además de las ya mencionadas- el "trajano" desnudo, varios torsos desnudos y un emperador deificado. Estas esculturas, difundidas ampliamente por unos dibujos que publicó Ponz (12), sirvieron igualmente para dar prestigio no sólo a la colección sino también a la obra y figura de Bruna, que es ya ampliamente elogiada por sus contemporáneos.

 (10) FERNÁNDEZ MURGA, Félix (1962) .--"Roque Joaquín de Alcubierre, descubridor de Herculano, Pompeya y Estabia", Archivo Español de Arqueología, XXXV, pp. 3-35; REPRESA FERNÁNDEZ, Francisca (1988) .-El Real Museo de Portici (Nápoles) 1750-1825. Aproximación al conocimiento de la restauración, organización y presentación de sus fondos, Valladolid, Studia Archaeológica, nº 79.

(11) El resultado de estas excavaciones lo comunica Bruna a Floridablanca: ARRIBAS, Filemón (1950) .-"Datos y documentos sobre arte, procedentes del Archivo General de Simancas", Boletín del Seminario de Arte y Arqueología., Valladolid, XVI, pp. 188-199. La misma carta, aunque sin la respuesta de Floridablanca, que Arribas incluye, ya había sido publicada en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, V, 14, 1875, pp. 240-241, en una transcripción de P. Ferrer. Ésta última referencia la hemos visto a veces citada como BRUNA (1875), "Informe sobre antigüedades sevillanas", aunque este título falta en el encabezamiento a la carta en la revista mencionada.

(12) PONZ (1988), tomo XVII, carta V, § 12-13.

 

  La estatuaria se encontraba colocada en uno de los salones del "palacio gótico" del Alcázar, mientras que la epigrafía y restos arquitectónicos estaban en el "Patio de María Padilla", ambos remodelados ampliamente tras el terremoto de 1755. El monetario y el resto de las colecciones particulares de Bruna estaban resguardadas en vitrinas en la parte alta del palacio, que era la vivienda de nuestro personaje (13). En este palacio gótico tenía su sede también la Academia de Buenas Letras y el salón de las estatuas servía para los actos solemnes de la Academia de las Tres Nobles Artes, que tenía allí también una serie de cuadros procedentes de la exclaustración de los jesuitas y una colección de estatuas de yeso, vaciados de las regaladas por Mengs a Carlos III.

(13) ROMERO MURUBE (1965), p. 42.

Pero cuando Bruna muere en 1807, surgen problemas con el reparto de sus bienes, especialmente en lo que se refiere a las colecciones. En efecto, uno de los rasgos que ha caracterizado lo reunido en el Alcázar es la mezcolanza: conviven los cuadros, el monetario y los yesos de las Academias con la Colección de Antigüedades de la Bética y con las colecciones particulares de Bruna, ya que él personalmente ha sido el impulsor de todo el conjunto (14). Hay que dilucidar quien es propietario de qué y el propio rey interviene. Por orden real se detiene la testamentaría, todo se empaqueta preventivamente, enviándose los inventarios a Madrid. Estos inventarios (15) incluyen la abundante biblioteca, que ya había sido muy alabada por Moratín (16), las pinturas, tanto las que tenía Bruna como las que reclamaba la Academia como suyas, los camafeos y las antigüedades, siendo a pesar de su imprecisión, la única puerta que queda para poder conocer el contenido de lo allí reunido. Pero no solamente fueron enviados al rey los inventarios. El día 22 de julio de 1807 partía para Madrid un carro en el que se transportaban entre otras cosas los cuadros seleccionados para la corte: una Adoración de los Reyes Magos de Velázquez (hoy en El Prado), una Susana de Veronés, dos tablas atribuidas a Tiziano y un valioso libro de dibujos originales de la escuela sevillana del siglo XVII (17).

Había comenzado la dispersión de lo reunido en el Alcázar a lo que se sumarán pronto nuevas circunstancias adversas -la invasión francesa- y con ello a disolverse lo que podía haber sido una base sólida para el inicio de una museografía de calidad en nuestra ciudad muy en los albores del XIX. Por ello siempre queda abierta una puerta a los futuribles, como lo expresó Romero Murube, biógrafo de Bruna:

 (14) La confusión es especialmente patente en el caso del monetario, que se nutría además de otras aportaciones, como las del Dr. Germán y Rivón y las del Sr. Baquerizo. La Academia se sintió posiblemente siempre heredera del mismo y como tal lo reclamó en diversas ocasiones. Seguramente también se sentía con cierto derecho de tutela sobre las antigüedades. Ver los comentarios de GÓMEZ IMAZ, Manuel (1908) .-Sevilla en 1808. Servicios patrióticos de la suprema Junta en 1808 y relaciones hasta ahora inéditas de los regimientos creados por ella, escritas por sus coroneles, Sevilla, pp. 151-154.

(15) ROMERO MURUBE (1965), pp. 97-141.

(16) FERNÁNDEZ DE MORATIN, Leandro (1988) .-Viage a Italia, Madrid, edición crítica de Belén Tejerina, p. 635.

(17) ROMERO MURUBE (1965), pp. 79-80. Era un libro con originales de Murillo, Zurbarán, Pacheco, Valdés Leal y otros, que Romero Murube da por perdido. Sin embargo hemos encontrado una noticia curiosa: estando Pascual de Gayangos en Londres en 1874 asistió a una venta de libros y antigüedades en la que se remató «un álbum de dibujos originales de Murillo y otros pintores sevillanos» junto a otros dibujos de Pacheco. Tal vez se trate del mismo álbum, salido del país años después de lo que estamos narrando. El comprador fue D. Federico Guillermo Cosens, que pagó 60 libras esterlinas por todo: Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, IV, 1874, pp. 226-227.

 «Si un destino adverso no hubiera diseminado todas aquellas riquezas, si los sevillanos de entonces hubieran tenido conciencia y hubieran hecho retener para la ciudad todos aquellos conjuntos, ¿qué museos, qué galerías exóticas y de valores peregrinos no ennoblecerían hoy nuestra ciudad?» (18)

 (18) ROMERO MURUBE (1965), p. 61.

En mayo de 1808 la ciudad de Sevilla se levantaba contra el ejército francés. Entre los sucesos que entonces ocurrieron, el gentío asaltó el Alcázar, no salvándose de los destrozos los salones donde estaban las colecciones ni los que eran sede de las Academias. Cuando se pacificó la ciudad, D. Francisco González de Haro, secretario de la de Buenas Letras, reclamó al Alcázar la posesión de las salas y sus efectos y, según su testimonio, «habiendo entrado en ellas, se halló con el archivo destrozado, los cajones abiertos y saqueados, los libros por el suelo y todo en desolación y ruina» (19). Dispersados los miembros de las Academias, huida la intelectualidad por las amenazas tanto de uno como otro bando, es buen índice del estado de cosas que acarrearon estas anomalías políticas saber que hasta 1820 no volvió a reunirse y reconstituirse la citada Academia.

 (19) GÓMEZ IMÁZ (1908), p. 157

De momento lo que queda de la Colección de Antigüedades de la Bética ha permanecido en el Alcázar y pasan unos años en los que el tema parece muerto. Solo terminando la década de los treinta vuelve a aparecer, ahora definitivamente, la idea de un museo. La Desamortización era una cuestión que venía planteándose periódicamente desde el siglo XVIII, pero será en estos momentos cuando se tomen medidas más drásticas. El gobierno de Mendizábal, responsable de las de los años 1835-37, sólo volvió a poner en vigor las medidas decretadas en el trienio liberal. Presionada la nación por las guerras carlistas, se hacía acuciante una capitalización del Estado por este medio, a la par que se beneficiaba a una pujante y ambiciosa clase media. Las medidas afectaban por tanto en especial a las propiedades rústicas y en cuanto a las urbanas, a las grandes parcelas de los monasterios en el corazón de las ciudades, un suelo apetecible sobre el que edificar y con el que especular. El destino de las colecciones artísticas que estos inmuebles guardaban no fue tomado en excesiva consideración. Sólo la evidencia de los hechos y las voces que se levantaron obligaron al gobierno a tomar medidas ordenando que se hiciera un inventario de lo existente. Poco a poco se va abriendo paso la idea de que se pueden formar museos con lo recuperado y ya en fecha tan temprana como en 1835 se crea en Sevilla una "Junta de Museos" encargada de reunir los bienes artísticos de los conventos suprimidos. Tras muchas vicisitudes se encuentra entre los edificios desamortizados uno donde instalar el Museo: el ex-convento de la Merced (20).

 (20) Ver una pormenorizada historia de los primeros pasos del Museo de pinturas en: MORENO, Arsenio (1991) .-"Historia de un museo", Museo de Bellas Artes de Sevilla, Sevilla, Gever, Tomo I, pp. 33-46.

En 1844 se crean las Comisiones de Monumentos, que sustituyen a las Juntas anteriores y una de cuyas misiones será la de regentar los museos. La de Sevilla se hizo cargo del Museo de Pinturas, que contó pronto con una sección de antigüedades, tema por el que la Comisión se mostró siempre interesada. Esta sección de antigüedades se constituirá con hallazgos italicenses, ya que en 1842 se documenta el ingreso en el museo de lo que se encontraba en el Gobierno Civil (21), procedente tanto de las excavaciones iniciadas en 1839 en la ciudad romana por Ivo de la Cortina, oficial primero de dicho Gobierno, como de las que años antes había hecho el Jefe Político de Sevilla, D. Serafín Estébanez Calderón (22).

 (21) LORENZO MORILLA, José (1987) .-El Museo arqueológico provincial de Sevilla: Historia e Institución, Sevilla, memória de Licenciatura inédita, p. 24. En el archivo del Museo Arqueológico de Sevilla se conserva el inventario de los objetos de este traslado.

(22) GARCÍA BELLIDO, Antonio (1979) .-Colonia Aelia Augusta Italica, Madrid, Instituto Español de Arqueología, p. 60.

Pero volvamos a la colección de antigüedades romanas que hemos dejado abandonada en el Alcázar. El año de 1842 pudo haber cambiado el destino de estas piezas (y del actual museo), pues se pensó seriamente en su traslado a Madrid (23). Viene a Sevilla desde Madrid Juan de Astorga, director de Escultura de la Academia y socio de la Sociedad de Amigos del País, el cual emite con fecha de 19 de junio un informe seleccionando las mejores piezas. Simultáneamente el Jefe Político de la Provincia está haciendo gestiones en la corte para que le entreguen a él la colección. Por fin, el 20 de octubre se ordena que se lleven las esculturas a Madrid para formar parte del Museo Real. Entre lo seleccionado está lo mejor de lo aparecido en Itálica: el torso de Diana y el Trajano deificado y desnudo.

 (23) Los datos que a continuación se expresan están tomados de diversos documentos custodiados en el Archivo del Alcázar de Sevilla, caja 153.

Pero con gran rapidez la Academia de Buenas Letras de Sevilla reacciona y el 8 de noviembre solicita le sea devuelta la colección completa ya que le pertenece, pues tiene documentos que lo prueban, aduciendo que sólo había perdido la posesión de la misma cuando los franceses los desalojaron del Alcázar. El efecto es casi inmediato y el 22 de noviembre se ordena suspender el envío a Madrid hasta averiguar la razón que asiste a la Academia en sus reclamaciones. La paralización del expediente de traslado, con el tiempo, se hará definitiva. Las antigüedades que reuniera Bruna se quedarán en Sevilla.

Sin embargo aún tendrán que pasar muchos años hasta que se integrasen en el Museo. En 1848 la Comisión de Monumentos solicita que se trasladen los objetos de antigüedad al Museo de la Merced. Se respondió negativamente, pero poco después una nueva reclamación vino a complicar las cosas. Esta vez los solicitantes eran los Duques de Montpensier, recién instalados en Sevilla tras su boda, los cuales deseaban trasladar las esculturas a su palacio de San Telmo. Había que tomar una resolución y el asunto se zanjará definitivamente en 1854: por R.O. de 20 de octubre, la colección es asignada definitivamente al Museo Provincial, efectuándose el traslado en julio de 1855 (24).

 (24) El «Inventario de los obgetos históricos procedentes de las ruinas de Itálica que en virtud de la Real orden de 20 de Octubre de 1854 han sido trasladados al Museo de Pintura de esta Ciudad...», firmado por Antonio Cabral Bejarano, fue ya publicado por ROMERO MURUBE (1965), p. 91

Con la llegada de lo procedente del Alcázar, los fondos del museo tomaron consistencia, dada la calidad e importancia de muchas de sus piezas. Sin embargo el museo seguía siendo una sección, la de antigüedades, del de Pinturas. La personalidad jurídica como museo independiente no la adquirirá hasta el último cuarto de siglo, constituyéndose como tal en 1879.

 

De los 335 objetos (25) con que contaba en la fecha de su inauguración, 1880, (hoy tiene unos cincuenta mil), se hizo cargo D. Manuel Campos Munilla, nombrado primer director. La instalación se efectuó en tres de los corredores del claustro mayor del convento de la Merced, que se habían cerrado para tal efecto según proyecto de Demetrio de los Ríos, formando así unas salas estrechas y alargadas: a ambos lados de ellas se amontonaban abigarradamente estatuas, lápidas y pedestales sin ningún orden (piezas mayores que eran lo que ante todo contenía el museo) dejando libre un estrecho corredor central para el visitante. Con el tiempo se fueron añadiendo vitrinas delante de estas piezas grandes para contener los objetos más menudos.

(25) Libro de Registro de Objetos en Propiedad, Museo Arqueológico de Sevilla.

Pero los problemas de espacio en el museo de Bellas Artes eran acuciantes. El edificio era además sede de la Comisión de Monumentos y de la Academia de Bellas Artes, que tenía allí su Escuela. También se estableció una Facultad Libre de Farmacia y luego una Escuela Nacional de Maestros (26). El Museo Arqueológico padecía consecuentemente también esta falta de espacio, pues no tenía ninguna capacidad de maniobra para plantearse cualquier modificación en la exposición, mientras que seguían llegando piezas nuevas, algunas de la categoría de la Diana de cuerpo entero, encontrada en 1900 en la zona alta del teatro de Itálica junto a una pierna de la estatua de Mercurio.

(26) FERNÁNDEZ CHICARRO Y DE DIOS, Concepción; FERNÁNDEZ GÓMEZ, Fernando (1980) .-Catálogo del Museo Arqueológico de Sevilla (II). Salas de Arqueología Romana y Medieval. Madrid, Ministerio de Cultura, 3ª ed., p. 12

En efecto, durante todo el siglo XIX el interés por Itálica ha sido constante. Ya José Bonaparte, en su estancia en Sevilla en 1810, había decretado destinar una renta fija para excavar el yacimiento (27), y -además de otras excavaciones hechas en décadas posteriores que fueron citadas más arriba-, se menciona que también "excavaron" en Itálica el Mariscal Soult y el propio Wellington (28). Pero será a partir de 1860, al hacerse cargo del yacimiento D. Demetrio de los Ríos, cuando la investigación de las ruinas se haga continuada y regularmente, con la correspondiente repercusión en el incremento de los fondos del museo. Durante la primer mitad del siglo XX las excavaciones se suceden. Primero las de Fernández López, luego las de Rodrigo Amador de los Ríos, Andrés Parladé, Juan de Mata Carriazo y Francisco Collantes de Terán, entre otros (29). La ciudad romana de Itálica se manifestaba así como el más continuado proveedor de piezas para engrosar los fondos del museo, terminando el período que nos ocupa con el hallazgo del hermoso cuerpo de una Venus saliendo de las aguas, aparecido en 1940.

(27) RODRÍGUEZ HIDALGO, José Manuel (1991) .-"Sinopsis historiográfica del anfiteatro de Itálica", Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antígua de España (siglos XVIII-XX), Madrid, p. 93.

(28) GARCÍA BELLIDO (1979), p. 59.

(29) LEÓN ALONSO, Pilar (1993) .-"Las ruinas de Itálica. Una estampa arqueológica de prestigio", La antigüedad como argumento. Historiografía de arqueología e historia antigua en Andalucía, Sevilla, pp 29-61.

Sin embargo la situación de penuria antes aludida en que se encontraba el museo por aquellos años, paralela a todos estos hallazgos, duró mucho tiempo. Existía además en Sevilla otro Museo Arqueológico, propiedad del Ayuntamiento, fundado en 1886 e instalado en la Torre de Don Fadrique desde 1920. Estaba formado entre otras cosas por la colección de D. Francisco Mateos Gago, la cual contenía a su vez piezas de Itálica, como las interesantes metopas de un templo tardorromano con representación de los trabajos de Hércules, colocadas ahora en el salón de actos del museo. Tras varios intentos durante la década de los 30 por reubicar estos dos museos arqueológicos sevillanos, tan sólo terminada la guerra civil española se pudo reordenar la situación. Con fecha 31 de diciembre de 1941, el Ayuntamiento de Sevilla cedía el Pabellón Renacimiento de la Exposición Iberoamericana de 1929 para Museo Arqueológico Provincial. Por el mismo acto se suprimía el Museo Municipal y sus colecciones pasaban a engrosar las del Provincial. A partir de 1942 comienza la remodelación y traslado al nuevo edificio situado en la Plaza de América del Parque de María Luisa. Por fin se cuenta con espacios amplios, luminosos y susceptibles de ampliación. La inauguración, el 25 de mayo de 1946, dentro del contexto de la celebración del centenario de Nebrija, contará con la presencia del Jefe de Estado, Francisco Franco. Con una museografía que en la época será considerada ejemplar, el Museo Arqueológico de Sevilla comenzaba una nueva etapa en su historia.

 

 

ã José Ramón López Rodríguez

 

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